¿Amigos por default?

Parece que al fin mis nuevos grupos de amigos (los que mi marido gentilmente me prestó cuando llegué a Barcelona desde Lima) han dejado de insistirme en algo. No sé si porque se han dado cuenta o porque se han acostumbrado ya a mi presencia. El asunto es que han dejado de hacer algo que por nueva no me atrevía a contradecir y les seguía la corriente con una sonrisa y cara de agradecimiento:

Querer reunirme con la novia o novio de un primo o prima de un amigo o amiga con quien a veces no habían coincidido más que en un par de juergas pero que, por un motivo que consideraban importante, creían que podía interesarme para comenzar a hacer mi propio círculo social.

¿Será que es periodista?, pensaba yo mientras me lo contaban. ¿Será que es otra que dejó sus asuntos por su ciberesposo?, ¿O es que será que conocen a otro aficionado a coleccionar moneditas, a devorar pizzas picantes, maniático de la ortografía o del cine en versión original?, pensaba tratando de descubrir por qué me podría interesar conocer a esa otra persona. Pero no, la respuesta era N.A. (ninguna de las anteriores).

¡Es que fulanito es peruano! Te daré su número para que lo llames”, me decían. Y yo, al principio, me sentía desilusionada y a la vez en aprietos porque sabía que no me iba a atrever y que, por tanto, me iba a tener que inventar una buena excusa para explicar por qué nunca llamé después de que él se había esforzado tanto en conseguirme el número del o de la susodicha. Después me acostumbré a que si notaba que me comenzaban a hablar de alguien extraño, era porque seguro sabían que era peruano, y lo dejaba pasar.

Entonces yo me preguntaba: ¿Desde cuándo compartir una nacionalidad es suficiente para que uno se sienta de pronto en total confianza como para llamar a alguien que no conoces de nada y decirle “hola, soy mengana…me dieron tu número porque como tú y yo somos peruanos, pues… hmm…¿Quedamos para este finde?”. Esto sin contar a los más despistados que en su afán de ser cordiales se prestaban a contactarte con ecuatorianos, chilenos y guatemaltecos, porque total, como todos somos “sudamericanos”

Soy más papista que el papa cuando me hablan de Perú y se me infla el pecho cuando toca el momento de hablar de peruanadas pero de ahí a que te quieran empatar con alguien solo por eso, me hacía reír para mis adentros. Entendía su buena voluntad y me acordaba de un capítulo de “Seinfeld” en el que en uno de sus monólogos Jerry decía que cuando eres niño solo te bastaba con que el otro viviera frente a tu casa para ser amigos y que a medida que nos hacíamos mayores, nos poníamos más pesados con los requisitos para aceptar a alguien como tal. Eso que escuché hace más de diez años, recién lo comenzaba a vivir ahora.

Por eso, he decidido ir con calma en eso de formar mi grupo de amigos propios. De momento tengo a uno que encabeza la lista, que se llama Ricardo. Y no lo he puesto allí solo porque sea peruano sino que también es periodista -como yo-, trabajamos juntos en el mismo periódico, misma sección y misma página en Lima y ahora también vive en España. La otra se llama Ana. Tampoco es solo peruana sino que también se vino a Barcelona por su ciberesposo -como yo-, coincidimos en la misma clase de catalán a los pocos días de mi llegada, también intenta volver a ejercer de lo suyo (es ingeniera forestal) y le encanta la buena comida.

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